Los parques “tradicionales” eran más bien escasos
de columpios: un par de toboganes, algún balancín, alguna estructura de hierro
para trepar… pero teníamos el elemento estrella… ¡la arena!
La arena tenía el poder de transformarse
en millones de alternativas, y todas
ellas divertidas y emocionantes.
No
tenían la presencia tan llamativa y motivadora como los actuales pero sin
embargo, nos seducían a primera vista.
Todos
los elementos del parque tenían vida propia, les adjudicábamos un papel con
identidad personal: los bancos eran unas perfectas porterías para los
partidillos; el árbol más grande era la casita que te salvaba de cualquier
“pillada” que te llevaba directamente a “ligártela”, las hojas de los arbustos
la “comidita” más deliciosa para nuestros bebés, con las ramitas construíamos
las mejores carreteras y caminitos….
El
parque escondía todo un mundo de aventuras inolvidables.


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